Relataba en la primera parte de este texto mis dificultades al adquirir una prenda de lencería para mi mujer con motivo de nuestro 25 aniversario, dificultades derivadas de mi profundo desconocimiento acerca de las diferentes tallas de sujetador.
Tal como me sugirió la amable dependienta, decidí volver a los grandes almacenes con ropa interior que sirviera de referencia.
Tampoco esa elección fue tarea sencilla. Cierto pudor que no sabría concretar me impidió elegir una de sus prendas diarias y también encontré reparos en elegir un modelo de su lencería delicada.
Debo reconocer un un pequeño temor infantil a ser descubierto, bien durante la captura de la misma, bien durante mi visita a los grandes almacenes. ¿Cómo justificaría la ausencia?
Reconozco también que aquella situación me sirvió de estímulo. Uno, a su edad, encuentra pocas ocasiones para la zozobra y esta, sin estar cerca de otras azarosas vivencias que con el tiempo compartiré con usted, era una situación que despertaba en mí una determinada sensación de riesgo.
Olvidándome de mis temores pueriles tomé de su cajón un bonito conjunto que se encuentra entre mis preferidos, lo doblé con cuidado para esconderlo bajo mi abrigo y salí de casa con la esperanza de que mi acción quedase impune.





