• Dromomanía, logomanía, oinomanía o incluso siderodromomanía son algunas de las manías más llamativas que he conocido.

    Como tantas otras veces en mi vida, el interés despertó después de una charla interesante que, en este caso, se dio de manera casual.

    En aquella ocasión, una tarde de verano, paseaba solo por el madrileño Parque del Retiro. Llevaba un libro: me gusta leer en verano sentado sobre el césped, a la sombra de algún árbol de tronco grueso en el que apoyar cómodamente la espalda.

    El caso es que, durante la lectura, me distraje por la conversación de dos personas que pasaron. Hablaban de un conocido común a quien compadecían por las consecuencias que para su vida familiar y económica conllevaba la adicción de su mujer.

    Por lo visto, la mujer de aquel señor no podía reprimir el instinto de entrar en unos conocidísimos grandes almancenes y sustraer los objetos que le fuera posible. Tal era la frecuencia con que esto ocurría que los empleados conocían por su nombre y apellidos a la señora en cuestión.

    Es más, conocían también el nombre, apellidos y número de teléfono portátil (¿por qué lo llamamos móvil?) de su marido, a quien avisaban cada vez que sucedía uno de estos episodios. El referido señor había dado indicación de que dejasen hacer a su esposa, supongo que después de molestos incidentes y, por qué no, la comparecencia de la policía, natural en estos casos.

    La cosa es que el abnegado esposo, a quien le supongo una situación económica holgada, pasaba después por dichos almacenes para abonar lo sustraído. Reconocí en la mujer de quien hablaban un evidente caso de cleptomanía. Pero reparé en que conocía pocas manías más, así que me interesé por el tema.

    Así aprendí que dromomanía en una llamativa manía consistente en un entusiasmo desmedido por viajar, logomanía refiere a la pasión incontrolable por hablar (quizá sea esta una de las mías), mientras que oinomanía es fascinación intensa por el vino y siderodromomanía el enfático entusiasmo por los viajes en tren.

    Si bien no lo recuerdo con exactitud, es probable que comentara este asunto con Matt Denyer y Aitor Loidi y esa sea la razón por la que se incluya en la página 80 de El Compendio de Don Rodrigo junto a otras manías llamativas.

    Foto | © Bettmann/CORBIS

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  • Cultura 22.12.2009 1 Comentario

    No hace tanto del encuentro en que conversamos sobre las películas más taquilleras de la historia.  Nos encontrábamos reunidos Matt Denyer, Aitor Loidi (a quienes ya conocen por mi presentación en este blog), José Cortado -mi buen amigo conocedor de los vinos de Jerez-,  Gabriel Lozano -a quien le presenté hablando sobre el gol del siglo- y un servidor.

    El detonante de la charla fueron los excelentes resultados en taquilla de una comedia española que nosotros consideramos bastante floja, por decirlo cordialmente, motivo por el cual no diré su título.

    Tanto José Cortado como Gabriel Lozano coincidieron al suspirar que “ya no se hacen películas como las de antes”. Y al decir esto no se referían a historias con más de 40 años, porque citaron algunas como Tiburón o El Exorcista, de 1975 y 1973 respectivamente.

    Animados por Matt y Aitor (barrunto que por aquel entonces ya merodeaban la idea de publicar lo que finalmente se ha titulado El Compendio de Don Rodrigo), hicimos una lista de nuestras películas favoritas. No faltaron es esa lista títulos tan dispares como La Guerra de las Galaxias, El Padrino, Ben Hur, Los 10 mandamientos o E.T.

    Unos días más tarde, Matt Denyer y Aitor Loidi nos sorprendieron con un dato: gran parte de nuestras películas favoritas habían sido las películas más taquilleras de la historia del cine.  Así ocurrió, por ejemplo, con Lo que el viento se llevó (año 1939, más de 1.400 millones de dólares), La Guerra de las Galaxias (año 1977, más de 1.270 millones de dólares), Sonrisas y lágrimas (año 1965, más de 1.000 millones) o E.T. (año 1982, más de 1.018 millones).

    Nuestros gustos sobre cine dieron un resultado llamativo, razón por la cual supongo que Matt Denyer y Aitor Loidi decidieron incluirlo en la página 153 de El Compendio de Don Rodrigo.

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  • El origen de la palabra Abracadabra protagonizó uno de mis numerosos encuentros con Matt Denyer y Aitor Loidi. Fue una tarde de lunes, después de un fin de semana en que Aitor había asistido a una sesión de circo acompañando a varios niños de su familia.

    El resultado de aquella función circense fue dispar. Por un lado, Aitor reconocía cierto desencanto pues, como es natural, él recordaba con más ilusión las veces en que fue al circo de niño: los números eran más arriesgados, los acróbatas más intrépidos, los payasos más divertidos… ¡hasta los colores y sonidos eran más intensos!

    Sin embargo, los niños salieron encantados, especialmente con el espectáculo de un mago cuyo nombre he cometido la torpeza de olvidar. La cuestión es que los tres niños con que Aitor Loidi acudió al circo tenían clarísimo cuál sería su profesión de mayores: ¡los tres querían ser magos!

    Jugaban camino a casa repitiendo los pases mágicos y, sobre todo, la palabra que todo lo podía, esa palabra con la capacidad de hacer desaparecer un objeto, corporeizar otro, provocar un intenso fogonazo antes del momento cumbre del juego mágico: la palabra Abracadabra.

    Aitor reconoció que debido a la intensidad y frecuencia con que los niños la repitieron, no había conseguido sacarse de la cabeza la palabra Abracadabra desde el día anterior. Me preguntó si conocía su origen y le pedí tiempo para consultar mi biblioteca y hacer algunos estudios.

    Un par de días después pude responder que el origen de la palabra Abracadabra es incierto. Siendo una palabra cabalística, atendiendo a su etimología hay quien sitúa el origen de Abracadabra en la lengua hebrea: ab (padre), ruah (espíritu) y dabar (palabra). De este modo podría significar la Trinidad.

    Otra opción sitúa el origen de la palabra Abracadabra como palabra compuesta formada por el término abrasas (denominación persa de la divinidad) y el mencionado término hebreo dabar.

    La tercera opción sobre el origen de Abracadabra se encuentra en la repetición del nombre Abraxas, nombre dado a través de los siglos a un dios que simbolizaba el bien y el Mal.

    Debo creer que esta explicación satisfizo a Aitor Loidi y que ese es el motivo por el que decidieron incluir este asunto en la página 35 de El Compendio de Don Rodrigo.

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