• Recibí la semana pasada la visita de mis buenos amigos Matt Denyer y Aitor Loidi. Por circunstancias personales, nuestros encuentros se han visto un tanto dilatados en el tiempo, del mismo modo que la frecuencia de mi conversación con usted que tiene la gentileza de visitarme en este espacio.

    Hablamos en ese encuentro acerca del crecimiento y visibilidad progresivos que están adquiriendo las redes sociales, una excelente y práctica herramienta de comunicación cuando somos capaces de darle el uso debido. Un aspecto al fin y al cabo que, como casi todos los de la vida, debe sustentarse en el sentido común.

    Me gustan las redes sociales, de hecho -como usted sabrá- mantengo un perfil en Facebook y Twitter a través de los cuales recibo las más variadas informaciones, útiles unas, interesantes otras, divertidas otras tantas…

    Sobre esto giró nuestra conversación, sobre el tiempo que dedicamos a las redes sociales, sobre su utilidad, sus ventajas y perjuicios, dentro de los cuales subrayamos la paradoja de que la interacción virtual parece empujarnos -por el contrario- a la disminución de interacciones en el mundo físico. Así lo defienden al menos sus detractores.

    Yo, personalmente, no comparto esta postura. De mi actividad en las redes sociales se han derivado encuentros con personas de mucho interés con quienes comparto amenos y enriquecedores encuentros en el mundo “real”.

    El caso es que durante la conversación con Matt Denyer y Aitor Loidi tuve la visión de que, en su momento, hubo otras herramientas con el mismo objetivo: favorecer la comunicación entre personas.

    Puse sobre la mesa una teoría arriesgada, que el Código Morse fue la red social del siglo XIX. Lo hice defendiendo las similitudes que encontré: un código con caracteres predefinidos (¿no tiene Twitter una extensión prefijada a 140 caracteres? ¿no presentan tanto esta como Facebook una serie de acciones y comportamientos compartidos por los usuarios?), un soporte específico (el telégrafo y posteriormente la radio frente a los ordenadores), un deseo compartido de inmediatez en la transmisión de mensaje, una práctica funcionalidad para la respuesta inmediata…

    Bien es cierto que el telégrafo no estaba al alcance de la mano en todos los hogares, siquiera en todas las localidades, pero, teniendo en cuenta el momento histórico, el grado de desarrollo tecnológico y obviadas ambas consideraciones después de considerarlas, me parece adecuado concluir (quizá desde una perspectiva un tanto romántica, es cierto) que el telégrafo pudo ser la red social del siglo XIX.

    Por eso, despediré este texto en Código Morse:  –.  .-.  .-  -.-.  ..  .-  …     .–.  —   .-.     …-  .  -.  ..  .-. (Gracias por venir). Matt Denyer y Aitor Loidi recogen el Código Morse en la página 52 de El Compendio de Don Rodrigo.

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    Video divertido | Teléfono móvil accionado por telégrafo

    Más información | Código Morse

    Fotografía | Carlos Díaz

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  • Quizá a usted le resulte extraño pero el primer español que ganó un Oscar fue Juan de la Cierva. Sorprendente ¿verdad?

    Igual de sorprendidos quedaron mis buenos amigos Matt Denyer y Aitor Loidi hace un tiempo, cuando el Oscar concedido a Penélope Cruz por su trabajo en Vicky Cristina Barcelona nos dio pie para hablar del tema.

    Su edad, la de Matt y Aitor, era suficiente para recordar los Oscar ganados por José Luis Garci en 1982 (Oscar a la Mejor Película Extranjera por Volver a empezar), Fernando Trueba en 1993 (Oscar a la Mejor Película Extranjera por Belle Epoque), Pedro Almodóvar en 2002 (Mejor guión original por Todo sobre mi madre) o, más recientemente, el concedido a Javier Bardem (Mejor Actor de Reparto por No es país para viejos) o la mencionada Penélope Cruz.

    Pero uno, que hace algún tiempo que peina canas, pudo aportarle algunos datos más, bien por experiencia propia bien por el resultado de esas pequeñas indagaciones que, ocasionalmente, tanto disfrute me proporcionan.

    Así comenté con ellos que en 1978 Néstor Almendros recibió el Oscar a la Mejor Fotografía por Días de Cielo, Luis Buñuel en 1972 el Oscar a la Mejor Película Extranjera por El discreto encanto de la burguesía o Antonio Cánovas del Castillo e Ivonne Blake el Oscar al Mejor Vestuario por Nicolás y Alejandra en 1971, película y año que valieron a Gil Parrondo el Oscar a la Mejor Dirección Artística.

    Si bien no fueron los únicos, antes de ellos fueron premiados Antonio Mateos por la ambientación de Patton (1970), película y año en que de nuevo Gil Parrondo recibía el Oscar a la Mejor Dirección Artística.

    Aunque, sin duda, el más sorprendente de todos los Oscar concedidos a compatriotas españoles fue el otorgado en 1969 a Juan de la Cierva, nieto del célebre inventor del autogiro, precursor del actual helicóptero, quien recibió un Oscar por su labor investigadora.

    Matt Denyer y Aitor Loidi han recogido esta información en la página 30 de El Compendio de Don Rodrigo.

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  • ¡Baja la tapa del váter! ha sido, hasta hace algún tiempo, una de las frases más utilizadas por mi querida esposa Marta, a quien le presenté en el anterior texto titulado ¿Cómo preparar un buen mojito?

    Llegó un momento en que la orden de bajar la tapa del váter me incitó a la reflexión y decidí estudiar si realmente era necesario y eficiente obedecer esa indicación. Para ello necesitaba una solución científica, así que me puse manos a la obra.

    Basé mi estudio en la Teoría del Juego. Si uno basa el cálculo sobre la eficiencia del gasto energético, se puede usar la siguiente fórmula denominando los usos del retrete 1 y 2: B= 2p (1-p) C.

    Sin extendernos demasiado en consideraciones matemáticas para llegar rápidamente a la resolución científica del problema de bajar la tapa del váter, que supongo es lo que le interesa, diremos que la Teoría del Juego ofrece dos opciones.

    La primera opción refleja que cada persona se comporta de la misma manera que antes de cohabitar. Referido al hombre, esto significa que “no me importa si está arriba o abajo”. La fórmula anterior confirmaría que esta estrategia beneficia al hombre.

    La segunda opción contempla que cada persona baja la tapa del váter de usarlo. Según la fórmula, esta opción beneficia a la mujer dando por sentado que ésta prefiere encontrar la tapa del váter bajada.

    Pero si la pareja está de acuerdo en que su meta debe ser la eficiencia energética, una nueva fórmula matemática demostraría que puede conseguirse tal eficiencia energética si el hombre no baja la tapa del váter después de usarlo: f= (2p-1)/p.

    De todo ello derivamos, y aquí llega la solución científica al eterno dilema de bajar la tapa del váter, que para alcanzar la máxima eficiencia energética existe una estrategia óptima:

    Por la mañana el hombre debe dejar el asiento subido después de usarlo y por la noche debe dejarlo bajado.

    Confío que esta breve reflexión sea de utilidad para usted. Me consta que mis buenos amigos Matt Denyer y Aitor Loidi la ponen en práctica y, cuando la compartí con ellos, debió llamar su atención porque se encuentra recogida en la página 120 de El Compendio de Don Rodrigo.

    En el siguiente enlace puede encontrar más información sobre la Teoría del Juego en forma de documento PDF.

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