En cierta ocasión quise hacer un regalo a mi nieta Paula para premiar sus buenas notas porque Paula, como si de un acto de rebeldía personal se tratase, toma sus estudios con una responsabilidad infrecuente en muchas chicas de su edad. Su argumento, pues alguna vez hablamos de ello, es tan contundente como simple: “Abuelo, yo no quiero ser tonta… ¡y menos parecerlo!”.
Sobra decir que esta actitud nos enorgullece sobremanera tanto a sus padres como sus abuelos. El caso es, como decía, que quise premiar su esfuerzo, así que el sábado siguiente a que nos mostrara las excelentes calificaciones obtenidas en el trimestre, le pregunté qué necesitaba o le apetecía.
Haciendo uso de su practicidad (otra característica muy acentuada en la personalidad de Paula), dijo que necesitaba unos pantalones nuevos y que los prefería “vaqueros”, así que salimos a la calle y me llevó a la tienda en que había visto unos de su gusto.
Debo reconocer que mi sorpresa fue doblemente mayúscula: primero por su precio, segundo por su estado y diseño. Ya podrá usted imaginar que una joven de 16 años, por muy estudiosa y práctica que sea, no fijó su atención en unos pantalones convencionales. A mí me parecieron excesivamente caros para ser unos vaqueros desgastados, rotos en algunas partes, que daban impresión de todo menos de unos pantalones nuevos. Como añadido, el precio: cercano a los 100 euros.
Pero en fin, ¿qué puede hacer uno en situación así cuando su deseo es premiar y contentar a su adorada nieta? Efectivamente, entramos en la tienda para que se los probara. Mientras ella se ocupaba en esto, yo asistí a la escena que relataré a continuación.
Cerca de mí había, mirando también unos pantalones vaqueros, dos chicas jóvenes que, pese al tipo y volumen de la música con que se empeñaban en torturar a los clientes en aquella moderna tienda, elevaban la voz lo suficiente como para que yo escuchase dos palabras, una de ellas desconocidas para mí: Jeans y Denim.
Huelga decir que fue la segunda palabra la que ignoraba. La repetí tres veces, como es mi costumbre ante una palabra nueva, para asegurarme de que no la olvidaría. Paula salió del probador pidiendo mi opinión y satisfecha con el resultado de la prueba. Así que los deslavazados y caros pantalones fueron su premio por las buenas notas. Los estrenó aquella misma tarde.
Esa tarde del estreno yo dediqué un tiempo a conocer el significado de la nueva palabra y a localizar el origen de ambas. El resultado fue de un interés notable. Encontré que Jeans tiene su origen en Génova y hace referencia a la peculiar vestimenta azul que utilizaban los marineros genoveses.
Denim alude a la ciudad donde elaboraban los tintes aplicadas a esa vestimenta, Nimes. Así, eran tintes de Nimes… lo que ha evolucionado a Denim.
Aunque no lo recuerdo ahora con exactitud, supongo que en alguna ocasión comenté esta curiosidad con Matt Denyer y Aitor Loidi y que esa en la razón de que la hayan incluido en la página 84 de El Compendio de Don Rodrigo.
Foto Vía | Benito Baeza





